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miércoles, 25 de septiembre de 2013

Quién era el peruano que mató al Shabab en Kenia

Quién era el peruano que mató al Shabab en Kenia

Juan Ortiz, foto RENIEC
El médico peruano Juan Ortiz fue una de las más de 60 personas que murió en el atentado.
Cuando entró al centro comercial Westgate en Nairobi, el médico peruano Juan Ortiz fue uno de los primeros en ser alcanzado por las balas.
Ortiz fue una de las más de 60 personas que murieron durante el ataque del grupo radical somalí al Shabab en la capital keniata el sábado.
Estaba entrando al centro comercial acompañado de su hija Juanita, de 13 años, cuando los militantes irrumpieron en el edificio.
Su presencia allí no era casualidad. Había vivido casi 25 años en África, la mayoría de ellos en Kenia.
En 2011 el médico de 63 años se había radicado finalmente en Nairobi para trabajar como consultor de lo que sabía hacer: implementar sistemas de salud pública, diseñar planes de desarrollo y supervivencia infantil. Ejecutar campañas de prevención de malaria y VIH-sida, entre otros.
"Siempre estuvo interesado en la salud pública, en especial en aspectos como la nutrición de los niños, la salud materno infantil, la prevención de enfermedades como la malaria y el sida", le dijo a BBC Mundo Ricardo Ortiz, el mayor de sus cuatro hijos.
"Le ponía mucho empeño a evitar el contagio de enfermedades de la madre al bebé. Era uno de sus intereses personales", agrega Ortiz.
Efectivamente la carrera de Juan Ortiz está resumida en una larga lista de logros que incluyen los nombres de varios países africanos, donde diseñó y ejecutó con éxito diversos programas de salud.

Un médico de vocación

Nació en la ciudad de Puno y estudió medicina en Arequipa. Y desde el principio del ejercicio de su carrea se dedicó al trabajo con comunidades.
"Empezó trabajando con el Ministerio de Salud de Perú, haciendo una labor importante con las comunidades pobres de Puno, el lugar donde nació", aseguró Ricardo.
Luis Ortiz
Luis Ortiz, uno de los hijos del médico peruano, fue el encargado de reclamar el cuerpo de su padre en la morgue de Nairobi.
Después de varios años de trabajar en Puno, viajó a Reino Unido para estudiar una maestría en Salud Pública, en la Universidad de Londres.
Según cuenta su hijo, al terminar la especialización, Juan Ortiz se encontró con la oportunidad que había estado esperando siempre. Empezó a trabajar con la ONG británica Save the Children, organización a la que estuvo vinculado durante nueve años.
"Definitivamente su principal motivación para hacer el sacrificio de irse al extranjero fue darnos una mejor calidad de vida a nosotros".
"Recuerdo que como él vivía en África y nosotros en Perú había cierta distancia pero a pesar de ella nos veíamos una o dos veces al año, lo visitábamos y nos quedábamos un mes con él allá", recuerda Ortiz.
La primera misión que tuvo Juan Ortiz con Save the Children fue en Nepal. En ese país asiático vivió entre 1989 y 1991. Su trabajo consistía en manejar un centro de rehabilitación nutricional que distribuía servicios de salud en otros centros a los cuales sólo se podía acceder a pie.
En 1992 se mudó a Monrovia, Liberia, y en 1994 a Nairobi.
"En Kenia fue asesor regional de Save the Children así que viajaba por todas partes: Tanzania, Uganda, Burundi, Ruanda. Esa era su zona", dice Ortiz.
En Malawi, Zimbawe y otra vez en Kenia fue director de los programas de salud y nutrición del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, (Unicef), hasta el momento de su jubilación en 2012, cuando decidió continuar su vida profesional como consultor desde Nairobi.
"Definitivamente él tenía mucha identificación con Kenia. Era un lugar donde él se sentía cómodo. Sabía que en Nairobi podía brindarle a mi hermana buena educación y una calidad de vida buena", aseguró Ortiz.

La noticia

"Yo me enteré como a las cuatro horas de que empezó", responde Ricardo al preguntarle cómo supo de la muerte de su padre.
Brigadas de donación de sangre
Muchas personas donaron sangre durante la tragedia en Westgate.
"Mi papá perdió la vida en el momento. Mi hermana quedó herida pero estaba consciente y en su desesperación, empezó a llamar a las personas más cercanas a ella, a amigos de la familia".
Las personas a las que Juanita contactó llamaron a la Embajada de EE.UU. en Nairobi, ya que ella es estadounidense, según dice Ricardo "para que la fueran a rescatar".
La madre de ella, radicada en EE.UU., fue informada de lo que estaba pasando y le avisó inmediatamente a Ricardo, que vive también en Estados Unidos.
Dice Ortiz que Juanita está ahora fuera de peligro pero la familia todavía está preocupada por las severas heridas en su mano izquierda.
"Tenía también una herida de bala en la pierna, pero nuestra preocupación es la mano. La intervinieron quirúrgicamente apenas la rescataron. Inicialmente nos informaron que el procedimiento había sido exitoso, pero con el transcurrir de los días ha habido complicaciones y va a necesitar otra cirugía".
Agregó que la embajada de EE.UU. está gestionando su viaje al país para que se opere allí.

Planes inconclusos

Westgate, Nairobi
Un hombre llora afuera del centro comercial Westgate mientras al Shabab mantiene rehenes dentro de lugar.
Al momento de su muerte Juan Ortiz se preparaba para marcharse a Reino Unido, donde planeaba trabajar en la Universidad de Liverpool.
"Iba a ser asesor de los proyectos relacionados con salud pública de la Universidad de Liverpool", dice Ortiz. "Ya estaba trabajando activamente con ellos, desde hace seis meses. Estaba supervisando proyectos en Zimbabue y en Sierra Leona".
"Después de tantos años en África", dice su hijo, "ya se había acostumbrado a las carencias y dificultades que implica vivir en un continente como África".
"Siempre lidiaba con cortes de luz, huelgas, vivió en algunos países con conflictos bélicos y guerras civiles".
"Felizmente hasta el sábado nunca había tenido ningún problema de terrorismo. Lamentablemente el sábado le tocó".
Juan Ortiz deja cuatro hijos, una nieta de tres años y otro nieto que viene en camino.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Lorena Valdivia y Jason Nanka, los chefs enamorados de la gastronomía y el Perú


Lorena Valdivia y Jason Nanka, los chefs enamorados de la gastronomía y el Perú

Jóvenes fallecieron ayer en Ayacucho junto a otros dos cocineros. A su corta edad, eran dueños de un restaurante con proyección
elcomercio.pe, 1 de Diciembre del 2012
Jason Nanka y Lorena Valdivia (Archivo de El Comercio)

ALFREDO ESPINOZA
Redacción Online

Gastón Acurio los definió como “héroes”, y no se equivocó. Lo eran para sus familiares orgullosos de verlos crecer tan rápido profesionalmente. Y lo eran también para sus amigos cercanos que los admiraban por su determinación y apasionamiento por lo que hacían.
Lorena Valdivia y Jason Nanka perdieron la vida ayer en un accidente de carretera en Ayacucho. Estaban acompañados por el embajador de la Marca Perú Iván Kisic y la cocinera local María Huamán. Pero la historia de los dos primeros estaba marcada más allá de la gastronomía, aunque esta haya sido la llave de su unión y el camino que guiaba sus vidas.
Australia, 2006. “Lorena era una excelente estudiante, muy centrada”, recuerda Diego Montoya, amigo de la joven chef desde su quinceañero, luego en la Universidad de Lima, donde ella estudió Comunicaciones, y sobre todo después de la época universitaria. Mientras todos pensaban en el próximo tono, ella, de apenas 18 años, repetía el camino que iba a seguir su vida profesional: terminar la carrera, viajar a Australia, volver al Perú, seguir una maestría en Europa…
Fue allá, en la playa australiana Surfer Paradise, donde conoció a Jason. Había conseguido una beca para estudiar administración de restaurantes y hoteles y empezó a trabajar en el Gold Coast. Nanka laboraba allí como sub chef. Se enamoraron y, en menos de un año, ya convivían. El chico “sano, (que) no tomaba mucho, buen amigo y servicial hasta más no poder” decidió entonces visitar Lima, la tierra de su amada.
Perú, 2007. Aún no tenían planes a futuro decididos, venían para que él conozca a la familia. Pero algo pasó. Nuestra gente, nuestra comida… algo hizo que él considerara establecerse en la capital más adelante.
Pero el joven enamoradizo de 22 años en ese entonces primero tuvo que sortear algunos inconvenientes. La idea de vivir lejos, desconocer el idioma, estar separado de su familia, acomodarse en un hotel, solo, porque el padre de Lorena no lo dejaba convivir aquí con ella. Nada que no se pudiese superar. “A él le había encantado el Perú, quería visitar otros lugares”, rememora Montoya. Pero era más que eso.
EL SUEÑO DEL RESTAURANTE PROPIO
Perú, 2009. La segunda visita de Lorena y Jason a nuestro país venía con un compromiso personal de por medio y un plan profesional bajo el brazo: él le pidió la mano, ella aceptó, y su primer ‘hijo’ tenía un lugar definido: La Molina. Así nació el restaurante Nanka, aunque nuevamente debieron esperar. Los alrededores del C.C. Molina Plaza ya se consolidaban como una zona comercial y próspera. Allí debían estar. Y para ello esperaron casi un año a que los 8 hermanos dueños del terreno aceptaran su propuesta de alquiler. La inversión parecía ser otro obstáculo, pero lograron el financiamiento con un convincente plan de negocios para devolver el dinero y empezar a tener ingresos. Él, en un increíble esfuerzo, pasó de no hablar nada de español a conversar sin mayores problemas en solo un año.

A fines de 2011 abrieron el restaurante. No era cualquier local. ¿Cuántas veces uno es saludado por los dueños, por el chef, y puede conversar, debatir, reírse con ellos? Así era Lorena. La única vez que estuve en su restaurante ella contaba con entusiasmo que no tenía meseros, sino chefs. Le costó convencer a estudiantes de institutos gastronómicos que no solo se trataba de servir platos, sino de que los clientes tengan una experiencia distinta con personas que sabían a fondo sobre la comida que allí se preparaba.
“*Experiencia*”. Palabra clave que sumaba a la “cocina joven y desenfadada que promueve sostenibilidad”, como describía en la página web del restaurante. Una carta francamente exquisita y “variada que cambia con la temporada y resalta insumos peruanos de productores ecológicos”. De allí que viajara constantemente por distintas zonas del país para apoyar y promover insumos nacionales.
Así era la vida de estos dos jóvenes chefs que, a su corta edad, perseguían y alcanzaban sueños con una determinación ejemplar. La familia de Nanka ya había llegado al Perú y no podía estar más orgullosa de ver a su hijo triunfar en un país lejano.
Nuevamente Gastón tenía razón: hoy se fueron “nuestra joven futura lideresa y el que vino a amar al (y él) Perú”. Una unión que deja huella en la gastronomía peruana.